Elena Fonfría

Cuando era pequeña mi familia tenía una casa de campo. Cada domingo, como la más importante de las tradiciones, recorríamos

los diez minutos que separaban nuestra casa de mi paraíso. Sí, mi paraíso. Entre algarrobos y pinos, yo pasaba el día tratando de descubrir otros mundos, buscando los restos de alguna gran civilización o, quién sabe, algún tesoro que la Historia había guardado hasta ese momento para que yo lo descubriese. En esos años también descubrí que me había enamorado de Egipto. A medida que iba creciendo, esa niña se iba alejando de mí.

Su voz cada vez era más tenue, hasta que un día mis padres vendieron la casa de campo y aquella niña quedó enterrada bajo la misma tierra que me había hecho el regalo más bonito de mi vida: conocer quién había venido a ser.


Hace cuatro años, me fui del pueblo que me vio crecer, La Valld’Uixó, y puse rumbo a Liverpool. Allí, por causalidadesde la vida, comencé a escribir. Parecía algo puntual, pero, cuatro años después, puedo afirmar con toda seguridad, que escribir es el principio de la expedición que me conducirá de nuevo a esa tierra a descubrirme y desenterrar el gran tesoro de la niña que siempre fui.

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